domingo, 17 de noviembre de 2013

El jefe psicópata Radiografía de un depredador capítulo 7

CAPÍTULO 7

Los extravagantes


Este capítulo fue extraído y revisado del libro Marietan, Hugo 
(2009), Curso sobre psicopatía, Buenos Aires, Editorial Ananké.


Toda pérdida, todo dolor, es particular; el Universo permanece con el corazón ileso.

RALPH EMERSON


En este capítulo voy a designar a los psicópatas que prestan utilidad social como "extravagantes", siguiendo por un lado al Diccionario de la Real Academia Española que define este término como:


1. Que hace o dice fuera del orden o común modo

de obrar.

2. Raro, extraño, desacostumbrado, excesivamente

peculiar u original.


Los extravagantes han desconcertado a la humanidad desde sus inicios. A lo largo de la historia, su presencia es señalada en las más variadas civilizaciones y en cualquier tiempo. Varias constantes se repiten: las conductas disonantes, sus efectos sobre el grupo, el escaso número de ellos y la incomprensión de parte de comunes ante este fenómeno.

En la especie humana, dentro del grupo de los infrecuentes, existen los individuos que están preparados para reaccionar adecuadamente ante situaciones catastróficas o excepcionales y facilitar la supervivencia de la especie. Son los que, ante situaciones de extrema crisis, guían a los otros hacia una posible salida (los líderes) o se sacrifican para la perduración del grupo (los héroes). Ellos, los extravagantes, tienen la potencialidad de saber qué hacer en las catástrofes, mientras el grueso de la población queda paralizado o reacciona inadecuadamente.


Un ejemplo


A fines de los años setenta, varios edificios se derrumbaron en Buenos Aires. Esto creó un lógico temor en la población. Recuerdo que una madrugada estaba en el piso diecisiete cuando sentí un leve balanceo del suelo. Pensé que era un mareo, pero por las dudas me vestí rápidamente. A los dos minutos el balanceo se hizo francamente notable. Las puertas y las ventanas comenzaron a crujir. Era claro, el edificio se derrumbaba. Creo que establecí el récord de tiempo en bajar las escaleras de los diecisiete pisos. En esa carrera, en el sexto piso, una anciana trataba de bajar. La tomé del brazo y como una bandera la llevé hasta planta baja y logramos salir. Ya frente al edificio, estábamos reunidos cada uno con la ropa que había alcanzado a manotear, esperando verlo caer. Sólo una persona entraba y salía del edificio ayudando a la gente que se había rezagado. En una actividad febril consiguió bajar a muchos, y recién cuando consideró que no quedaba nadie se unió a nosotros, agotado. Yo no lo conocía bien, era un estafador de guante blanco, un despiadado empresario, incapaz de hacerse un café. Cuando se recuperó le pregunté por qué se había arriesgado tanto. Me dijo que no lo sabía, que sintió que eso era lo que debía hacer. Y en verdad su acción fue precisa, ajustada a la situación excepcional y con desprecio por su propia vida, mientras nosotros, la mayoría, sólo atinamos a correr. Después nos enteramos por radio de que lo que había provocado el temblor no era un posible derrumbre sino la expansión de un terremoto con epicentro en San Juan. La conducta de este hombre constituyó una incógnita para mí durante muchos años. Hoy la comprendo.


Crisis y estabilidad


El extravagante, tal como es tipificado aquí, responde a un mandato de la especie. Es un soldado de la especie. Para ello tiene atributos que lo distinguen del común. Posee una potencialidad diferente. Y tiene, en consecuencia, lo que he llamado necesidades especiales. Esta potencialidad distinta, estas "necesidades especiales" que encuentran su satisfacción en tiempos de crisis, donde la potencia se descarga en la acción adecuada, es ajustada al grupo y, por lo general, socialmente adaptada.

¿Pero qué ocurre cuando el extravagante siente esa necesidad especial en períodos normales y de estabilidad? Se siente llamado a algo que no encuentra eco en el medio normal. El extravagante necesita descargar esa potencialidad y para ello recrea un escenario, un "como si", una situación especial en un medio normal.

De esta manera, puede "fabricar" un medio catastrófico (un atentado), generar una situación de crisis (una revolución, una revuelta en una fábrica), crear un clima tiránico, en una familia... Dependiendo del tipo de potencialidad para la que está preparado creará su medio artificial y llevará adelante las acciones "como si". Su potencialidad "homicida" se descargará como asesino, por ejemplo.

Esta manera de fabricarse el medio "como si" no es arbitraria ni al azar. Debe tener un estilo, una forma, un modo de hacerse. Y es lo que se llama el sello, el perfil, la impronta. Cuando se observa la escena del crimen, la manera en que se realizó y, por sobre todas las cosas, la repetición de ese estilo, puede conjeturarse qué tipo de circunstancia, de crisis, está recreando a qué patrón está respondiendo, para qué tipo de crisis está preparado.


El mandato de la especie


Intoxicados por abstracciones vemos al individuo como el eje donde gira el sistema humano. Corrijo: la mayoría lo ve de esta manera. En general no se pregunta: ¿qué necesita la especie para preservarse?, sino ¿qué necesita el individuo?, como si fuera una unidad independiente.

Para desarrollar esta teoría cambié el enfoque, en lugar de centrarme en el individuo y desde ahí analizar su entorno y su grupo, enfoqué a la especie y desde allí miré al individuo que la integra. Apareció entonces, con claridad, la utilidad del extravagante para la especie: resguardarla a través de preservarse a sí mismo (como continuador de la especie) o, en situaciones especiales, preservar al grupo (función de líder), aun a costa de su destrucción (función del héroe) o su denigración (una vez realizado el "trabajo sucio"). descarto desde ya toda noción de altruismo, ya que este concepto va de individuo a individuo -considerándose ambos como personas-, y es una abstracción o interpretación que responde a creencias entendidas como juicios certeros. Y aquí, insisto, el enfoque va desde la especie al individuo. Además, el atributo de cosificar al otro no le permite al psicópata considerarlo como un igual. Es más, si es necesario eliminar a varios individuos con el fin de salvar a la mayoría, el extravagante dará la orden de eliminación; está psíquicamente preparado para ello.

Menciono el término "especie" para que el lector acompañe el cambio de visión desde donde se observa el tema. Aclarado esto, es lógico pensar que me refiero al área de acción que tiene el extravagante dentro del grupo y no a una entelequia como "la humanidad".


La utilidad del extravagante


Hay además, otras funciones en las cuales los rasgos que caracterizan al extravagante, los llamados rasgos psicopáticos, cumplen una tarea socialmente aceptable. Por ejemplo, los rasgos de asumir riesgos, de hiposensibilidad y potencialidad homicidas son muy apreciados en las fuerzas de seguridad, sobre todo en aquellas que están destinadas a confrontar con asesinos urbanos o profesionales. Un poeta moriría en el primer enfrentamiento. Estos mismos rasgos son apreciados en los cirujanos.


La sociedad como sistema


Considero que todo sistema que permanece tiene utilidad para los miembros que lo componen. El sistema, como organismo social, estimula a los individuos que poseen características conductuales que lo consolidan y le permiten desarrollarse, y tiene factores neutralizadores que reprimen o eliminan a los miembros que pueden ser negativos para el sistema. Sobre esta base, y teniendo en cuenta que los extravagantes son un porcentaje de la población del sistema, podemos aventurar que ellos tienen una función permitida, aceptada y valorada dentro de tal sistema.

Siguiendo esta línea de pensamiento, es factible concluir que los extravagantes, como lo mencioné en los primeros párrafos, tienen también su función social. Tal vez esta función social tenga repercusiones negativas para algunos sectores o algunos miembros o alguna reacción negativa en ciertos momentos o ciertas etapas de la evolución del sistema. Sin embargo, es posible observar que a lo largo de la historia occidental no sólo se los preserva, sino que además a muchos se los glorifica, prueba de ello son las estatuas, pinturas, nombres de pueblos y de calles que nos recuerdan las hazañas de estos extravagantes, algunos de ellos autores de masacres.


¿A quiénes llamamos extravagantes?


Son anormales aquellos miembros del sistema que no responden al patrón conductual común, según el criterio de normalidad estadístico. A un subconjunto de estos anormales pertenecen los extravagantes. El sistema (la sociedad) hace un balance sobre las conductas de estas personas, las que favorecen al sistema frente a las que no lo favorecen, y dependiendo del saldo la sociedad los calificará de héroes o villanos. En los casos donde el sistema obtiene un claro beneficio, se tolera un quantum de características negativas que sería absolutamente intolerable en un miembro común de ese mismo sistema.


Las características distintivas


Los rasgos distintivos de estos extravagantes (psicópatas) son: el quitarle los atributos de persona al otro, la cosificación; la exacerbación de una necesidad (a la que llamamos "necesidad especial") que es el motor que genera las acciones atípicas; un sistema de razonamiento especializado puesto al servicio de esa necesidad especial que le da el marco lógico a las conductas atípicas; una particularidad de su sistema afectivo que le permite desdoblar su sensibilidad de manera de afrontar con baja repercusión emocional sus conductas atípicas y con una sensibilidad común las conductas no atípicas. Se hace patente, así, un individuo hijo de un sistema, educado por una cultura común, pero cuya psiquis posee atributos que le permiten un grado de libertad en su accionar muy amplio con respecto al individuo común.


Homicidas


Pongamos el caso de aquellos miembros que tienen apetencia por eliminar a otros miembros del sistema, es decir, el de los homicidas. Con un razonamiento apresurado podríamos concluir falsamente que los homicidas deberían ser de inmediato eliminados, neutralizados por el sistema. Pero con más calma, bajando nuestro nivel emocional, podemos constatar con facilidad que los homicidas no sólo no son neutralizados sino que son favorecidos y apreciados por el sistema: se trata de los homicidas legitimados. Los homicidas legitimados son entrenados profusamente y provistos de los elementos necesarios para ser más efectivos en la eliminación de otros miembros del sistema.

Si cambiamos el nombre de homicidas legitimados por el de fuerzas de seguridad, psicológicamente la palabra homicida deja de tener el peso emocional que conllevaba. Es más, hasta es lógico y armonioso a nuestra psiquis asimilar que un miembro de la seguridad ejerza la conducta de eliminar a otro miembro del sistema si este último es calificado como homicida no legitimado, es decir, un asesino.

Ahora, si se observa con atención se ve que el homicida legitimado y el homicida no legitimado comparten un factor común: ambos son homicidas, ambos tienen apetencia por matar; uno oculto detrás del "deber", el otro llevado más crudamente por esta necesidad especial. Así, matar a un individuo puede ser un acto socialmente favorecido (agente del orden, militar) o socialmente desfavorecido (delincuente, asesino).

Aquí ambos son considerados extravagantes por compartir una necesidad especial: matar al otro. Ambos, movidos por esta necesidad, accionan sobre los otros miembros del sistema. No por obvio está de más aclarar que no todos los miembros de las fuerzas de seguridad son extravagantes (psicópatas), sólo algunos de ellos, los que poseen los rasgos especificados.


Todo humano es un homicida en potencia


La capacidad de eliminar a otro individuo es intrínseca al ser humano. Todo individuo común, frente a circunstancias especiales, puede generar acciones que terminen con la supresión de otro individuo. Y hay situaciones en que el sistema apela a esta característica del individuo común, la exacerba convirtiendo este atributo homicida en una característica socialmente deseable: en las situaciones de guerra, de ataque de un grupo externo hacia el grupo que mantiene el sistema.

Aquí en la Argentina, en 1982, en la llamada Guerra de Malvinas, tuvimos un claro ejemplo de la apelación de la sociedad al despertar de estos atributos homicidas en la población. Pasada la situación especial, la guerra, estos atributos homicidas fueron reprimidos enseguida. Traigo este ejemplo porque el ímpetu homicida fue claramente manifiesto y apoyado por el grueso de la sociedad: se llenaban las plazas pidiendo la sangre del adversario, se vitoreaba cada vez que era hundido un barco inglés, se producía emoción ante la anécdota de un homicida destacado que eliminaba a varios enemigos; algunas plazoletas llevan hoy el nombre de estos homicidas legitimados.


El homicida extravagante


Si todas estas consideraciones del sistema fueron concedidas al individuo común en su función de homicida, con cuánto beneplácito ve el sistema a sus homicidas especializados en estas circunstancias especiales. En tiempo de guerra, son estos homicidas los que están en el medio adecuado, en la circunstancia adecuada, y con los atributos psíquicos adecuados para ejercer las acciones más eficientes para eliminar a otros individuos. En estas circunstancias especiales, entonces, el extravagante es utilizado por el sistema para salvaguardar la integridad del grupo. Es en estas ocasiones donde la sociedad hace un aprovechamiento completo de ellos. Donde se ve la finalidad de la existencia de estas personas y se comprende por qué el sistema los tolera en situaciones no especiales, en situaciones de paz.

Estos extravagantes con apetencia de matar son redistribuidos en distintos roles en tiempos de paz: fuerzas de seguridad, cirujanos, forenses, sepultureros y todos aquellos oficios donde se requiere un alto umbral para la sensibilidad, y que repugnan a los individuos comunes. Y de este grupo, los que no logran ubicarse en un rol socialmente aceptado pasan a integrar el grupo de los "indeseables" (asesinos), que son a su vez reprimidos y eliminados por otros extravagantes de su misma condición (fuerzas de seguridad), por ejemplo. De esto se desprende con facilidad que la valoración "bueno" o la valoración "malo", para ellos, es sólo una cuestión de circunstancias.


El poder


He tomado el caso de los homicidas por resultar de más fácil comprensión para una psiquis acostumbrada a valorar con parámetros comunes. El mismo razonamiento nos llevaría a comprender la función social de aquellos cuya necesidad especial consiste en el poder, que es el tema de este libro, en ejercer su voluntad sobre los demás. Son los que movilizan fuerzas para invadir territorios, para asegurarle a su grupo la posesión de tierras, de agua, de medios de sustento; son los líderes de masas. Desvirtuados estos propósitos de especie, pueden convertirse en devastadores, asoladores tras objetivos corruptos, a tal punto de destruir países enteros en su afán de imponer su voluntad al resto del mundo.

También podríamos utilizar un razonamiento similar para caracterizar a aquellos extravagantes cuyo afán de poder está mediado por el dinero. Y aquí entramos en el amplio campo de los comerciantes, pero no de todos los comerciantes, cualquiera sea su rubro, sino de aquellos comerciantes que, por supuesto, comparten las características, los rasgos, mencionados anteriormente.


De comerciante a estafador


En este marco es posible hablar también de comerciantes extravagantes. Son aquellos que en su afán de acumular dinero aplican en toda su intensidad y literalidad el viejo axioma: "El fin justifica los medios". Así todo obstáculo a su objetivo, sean personas o bienes de cualquier naturaleza, es eliminado, utilizando las artimañas del oficio y evitando de toda manera posible el reproche social. Uno de nuestros destacados empresarios decía: "El poder consiste en hacer con impunidad". Para estas mentes, con su libertad psíquica ampliada, la asunción de riesgos, a veces de alta magnitud, es un hecho cotidiano.

Conscientes de estas características negativas hacia los miembros del sistema (cosificación, sensanción de impunidad, etc.), la sociedad, ¿los elimina?: no, no sólo no los elimina, sino que además los considera miembros privilegiados del sistema por ser generadores de empresas, de fuentes de trabajo, de la riqueza de una nación. Son privilegiados en el sentido de la tolerancia del sistema hacia las disgresiones de estos individuos. Para el sistema es más importante una empresa que lo consolide, que el maltrato e incluso la eliminación de alguno de sus miembros. Y, nuevamente, aquí el sistema, la sociedad, hace un claro aprovechamiento de las características especiales de estas personalidades. Aquellos que por exacerbar sus apetencias de dinero sortean demasiadas reglas del sistema, o bien son responsables de acciones negativas para la sociedad, son considerados por el sistema como estafadores o delincuentes comerciales. Y así volvemos a la misma ecuación que aplicamos para el homicida legítimo y el homicida ilegal.


Conclusión


Desde luego que, hasta aquí, sólo hice una aproximación al tema que, si la fortuna acompaña, espero continuar en otros capítulos. Esto es un intento de dar un marco teórico al accionar del extravagante, del psicópata, y de vislumbrar una finalidad a la existencia de estas personas. Por supuesto que no constituye una apología de ellos y tampoco se contradice con mis trabajos anteriores: su incidencia negativa sobre los otros está claramente especificada en los artículos publicados "Personalidades psicopáticas"(Revista Alcmeon, 1998), y "Sol Negro"(Revista Alcmeon, 2000), y en el libro El complementario y su psicópata. No cambiaría una coma de lo que se dice en ellos. Todos estos años de trabajar con complementarios y familiares de extravagantes, y con ellos mismos, afianzan lo escrito. Hay muchos ejemplos que avalan el presente trabajo y fueron los mismos complementarios los que aportaron la información sobre este aspecto provechoso de estas personalidades.

Por ejemplo, en medio de las quejas por el maltrato y las humillaciones, una complementaria comenta que su esposo trata, denodadamente, de hacer un campo fecundo de lo que hace pocos años era un desierto en San Luis. Y no hay trabas que no sortee, siempre detrás de su objetivo. Los resultados son asombrosos. Pero su conducta con ella, los hijos, los peones, es, siendo benévolos, deplorable.

Otra comenta que es viuda de un esposo médico. Cuando este hombre tenía 40 años era el amante de la madre de la consultante. Ella, en aquel entonces, tenía 9 años. Él la violó. Luego la llevó a vivir con él, se casó con ella a los 18 años y tuvieron cuatro hijos, uno de ellos mujer, de la que abusó desde los 8 años. Un Sol Negro en todos los aspectos. Pero... era un médico excepcional. Capaz de los mayores sacrificios por atender a sus pacientes, a los que no les cobraba la consulta y compraba, de su propio bolsillo, los medicamentos. ¡Qué dualidad! Murió adorado por sus pacientes y odiado por todos sus familiares.


El extravagante no es de ninguna manera un ser común, siempre tiene algo muy especial, revelada su faz oscura provoca asombro, repugnancia, admiración, odio. Jamás indiferencia.

El jefe psicópata Radiografía de un depredador capítulo 2

CAPÍTULO 2
                                El poder y sus avatares
El poder consiste en doblegar la voluntad del otro para que acepte un mandato. No existe poder si el otro no ofrece una resistencia, ya sea activa o pasiva. La linealidad entre una orden y su ejecución sin que medie entre ellos una resistencia no es poder.La acción del poder es un tipo de comunicación donde existe un emisor, el poderoso; un receptor, el mandado; y un contenido, que es la forma con que el emisor traslada su mensaje. Esta tríada esencial en el concepto de poder tiene una particularidad: el poderoso ejerce el poder, pero el poder le es otorgado directa o indirectamente por el receptor. No existe el poder innato, el poder siempre es conferido. Así, el poderoso es investido con la jerarquía del poder por un período; pasado ese período, el receptor le quita el poder, y el ex poderoso pasa a revestir como uno más dentro de la comunidad. Entonces, el poder es un adorno con el cual se viste a una persona por un período determinado. Sin embargo, mientras permanece en el período de poder, esto no se ve así, sino que los mandados recurren al poderoso con un halo de imaginación, de fantasía. Hay un rito y una mística que rodean al poderoso. Esta no es una cualidad que interese solamente al poderoso, es decir, no es un acto de narcisismo en sí, sino que también es una necesidad de los mandados de ver al poderoso en un rango superior al que ellos tienen. Sin esa asimetría no es posible la obediencia. Es extremadamente difícil obedecer a un igual.Esta vieja ley de la asimetría es conocida por todos los cortesanos del poder, que son aquellos que están alrededor del jefe, llámese rey, cacique o presidente, quienes a lo largo de los siglos comprendieron que al poder hay que engalanarlo con ritos, formalismos y fabulaciones que ayuden a sobredimensionar la envergadura humana, simplemente humana, de aquel que detenta el poder en un período determinado. Este ornato es tan importante como los elementos que fundamentan concretamente el poder, ya sean armas o dinero. Una figura desdibujada en el poderoso, como fue el caso de Luis XVI, le quita credibilidad al poder a tal punto que es motivo del cese de otorgamiento del poder en muchas ocasiones.
El poderoso es un ser humano vulnerable enmascarado detrás de la formalidad. En ocasiones, tenemos una cruel constancia de este hecho, como fueron los casos de César, Luis XVI, Nicolás II, J.F. Kennedy, el Papa Juan Pablo II, todos ellos agredidos en sendos atentados. Sin embargo, este hiato es rápidamente borrado en la mente de los mandados, dado que, por lo dicho anteriormente, ellos mantienen la sobredimensión del poderoso.
Los factores del poder
El poder es piramidal, tiene una faz visible y otra faz invisible, es decir, existe el poder real y el poderoso que encarna o al que le es delegada la fachada del poder. El poder real, desde siempre, le es desconocido a la enorme mayoría de los mandados y también a la gran proporción de aquellos que colaboran en el ejercicio del poder, incluso, a veces, aquel que aparece como la cara visible del poder desconoce las verdaderas fuentes del poder que detenta. Haciendo una analogía podemos comparar esta situación con un teatro: el público está entretenido por la obra que está en escena, con sus personajes y la trama que le es ofrecida por un guionista. La obra recibe adhesiones, rechazo o indiferencia, hasta que baja de cartel y es reemplazada por otra obra. El responsable de esta obra es el director, que es el que decide sobre los personajes y la puesta en escena. No obstante, el que decide qué obra sube a escena o no y quién la va a dirigir es el dueño del teatro, por lo general totalmente desconocido para el público, y a veces este dueño no es más que un representante de capitales, igualmente desconocidos; es decir, el verdadero poderoso del teatro es invisible al público. Dadas estas circunstancias, es evidente que de este factor de poder no vamos a poder hablar, así que nos conformaremos con describir los distintos elementos que componen el poder visible, es decir, el líder y la cohorte de sus seguidores que mantienen la estructura del poder.
Algunos de los personajes del poder
El fanático es un tipo de personaje que toma las consignas del poderoso como un dogma y no utiliza ningún tipo de criterio para pensarlas o criticarlas. Para el fanático, lo que dice el poderoso es lo que es, y ciegamente debe cumplir las órdenes que se le dan. El fanático, a su vez, es un adoctrinador constante. En función de su automatismo es un elemento peligroso para la sociedad, sobre todo para aquellos que son opositores al régimen imperante. El fanático está movido por la fe, es absolutamente irracional y no median en su accionar intereses propios objetivos, es decir, no lo hace por un interés económico o para generar poder él mismo, sino que lo hace por una convicción y una certeza incontrastable. Puede morir defendiendo al poderoso o a su lema y es el último en ser reducido cuando se acaba el período del poderoso. Difícilmente el fanático cambie de bandera; cuando su líder es derrocado se sume en el resentimiento y la añoranza del tiempo pasado. Es un soldado del poder.
El secuaz es el que está en las inmediaciones del poder, en contacto muy cercano al poderoso, quien deposita sobre él un porcentaje de su confianza y le otorga una cuota de poder para que pueda llevar a cabo las acciones accesorias bajo sus órdenes. Es el encargado del trabajo sucio del poder. El poderoso, en realidad, no confía totalmente en nadie. El poderoso lo cubre en todas sus acciones oscuras porque es una herramienta útil del engranaje del poder. Es el encargado de bloquear a los opositores y, en casos graves, de diagramar la supresión de ellos. Es también aquel que se encarga de los factores económicos que contribuyen a agrandar, no lícitamente, las arcas del poder. El secuaz maneja recursos y es el depositario de muchos secretos de la trama que se sucede detrás del telón del poder. El secuaz es una persona con ambiciones propias que momentáneamente coinciden con las ambiciones del poderoso. Este tipo de persona es la encargada de negociar el traspaso de poder cuando las circunstancias son desfavorables para el poderoso. La imagen del secuaz para los mandados es odiosa y les resulta incomprensible que permanezca al lado del líder, que muestra siempre una actitud ambivalente en lo externo hacia el secuaz. Este juego está tan bien hecho, cuando es realizado con arte, que los mandados en su mayoría están seguros de que las acciones negativas del poder son ejercidas individualmente por los secuaces a espaldas del líder, quien permanece con su imagen impoluta.
El influyente realiza el vínculo entre los mandados y los estamentos del poder. Este personaje debe tener un don de gente muy agilizado. Es en realidad un diplomático fuera de la jerarquía de la diplomacia, que es otro de los trucos en la estructura del poder, ya que el influyente consigue las prerrogativas que solicita el mandado, previo acuerdo de los estamentos del poder, que en función de las circunstancias conviene que aparezcan como un favor del influyente hacia el mandado, dejando otra vez libre de culpa y cargo a los estamentos del poder. Estamos hablando aquí del influyente real y no del mentiroso que hace creer que es influyente, pero que, en realidad, es un estafador. El influyente es un negociador que permite acercar al poder aquellas estructuras disidentes que en determinado momento conviene que estén menos críticas o que apoyen ciertos actos de poder. En el campo de la negociación estos actos siempre tienen un costo que beneficia, en parte, a los mandados y, por supuesto, al influyente en sí. El influyente es una especie de comerciante, cuya materia prima de comercio es su acceso a las estructuras de poder. Es un personaje muy voluble y muy dado a cambiar rápidamente de bando cuando cae una estructura de poder. Aun en las revoluciones más recalcitrantes se hace buen uso de estos personajes. Así en la Revolución Francesa un buen porcentaje de nobles pasó a cumplir esta función. Lo mismo pasó en la Revolución de 1917 en Rusia, donde algunos nobles zaristas pasaron a formar parte de la nueva estructura revolucionaria. El aliado tiene un compromiso transitorio, en función de sus propios intereses de poder, con la estructura del poderoso. La alianza es el resultado de una negociación donde la estructura del poder debió ceder parte de su poder para conseguir el refuerzo del poder que le otorga su aliado. La relación entre esta estructura y el aliado siempre es metaestable, es decir, requiere una constante atención para controlar el estado de la alianza. Y siempre es insatisfactoria. Para el aliado, no se ha recibido el suficiente poder, y pra la estructura, se ha cedido demasiado poder al aliado. Este vínculo inestable permanece mientras se sigan las reglas establecidas en el contrato de alianza. Detrás de esto siempre subyace la esperanza de la estructura de fagocitar al aliado o a los factores de poder del aliado. Y el aliado, a su vez, espera en algún momento suplantar a la estructura de poder, es decir, son enemigos latentes con máscara de amigos.
El negociador es la cara visible, a diferencia de los otros negociadores solapados ya mencionados, el encargado del acercamiento de las posiciones entre la estructura del poder y los disidentes. Generalmente son los que tienen cargos de ministros, secretarios u otro cargo jerárquico y constituyen, en realidad, los fusibles en caso de que las negociaciones salgan mal o que el resultado de las negociaciones sea negativo para los mandados. Estos fusibles, otra vez, son resguardos para la imagen del poderoso. El grado de independencia del negociador es mínimo. Ostenta un poder neta y visiblemente delegado, y aquellos que participan de la negociación tienen claro que es un mero intermediario. El negociador tiene que tener la característica de saber con claridad qué es lo que quiere conseguir el poderoso de l gestión que está realizando. A su vez, el poderoso no le da toda la información, sino sólo aquella fracción de información que le es útil para llevar adelante su gestión. Así, muchos negociadores no tienen idea del efecto real de su negociación. Saben que responde a una táctica del poder, pero desconocen la estrategia completa que guía el accionar de esa negociación. Y esto debe ser así, ya que en el proceso de la negociación, el negociador inevitablemente dejará traslucir intenciones del poderoso. De ahí la precaución de otorgarle sólo una fracción de la información necesaria. No cualquiera puede cumplir este rol, debe ser una persona con un don de gente especial y, a su vez, con una firmeza de carácter que lo mantenga tenazmente en el objetivo mientras aparenta plasticidad frente a los otros negociadores. La negociación en sí es un arte, ya que implica elementos prácticos y efectivos; también influye el talento innato del negociador. Suelen ser personajes muy requeridos para la estructura del poder y de difícil hallazgo, ya que, como sabemos, los técnicos abundan pero los artistas son pocos. Por lo general el negociador no tiene una sólida postura doctrinaria y es también un personaje voluble. El asesor es un técnico especializado en determinado saber. Es uno de los que participa detrás de las luces del poder. Su perfil necesariamente debe ser bajo. Sus manifestaciones públicas, prácticamente nulas. Henry Kissinger, uno de los más importantes asesores del gobierno de Nixon, lamentaba en sus Memorias que Nixon lo cambiara de asesor a Secretario de Estado, porque de esa manera perdía la oscuridad necesaria y fructífera de un asesor, para pasar a la luz pública, con todas las desventajas que ello implicaba. El asesor es parte de la trama fina del poder. Es el hombre en el cual el poderoso se basa para tomar algunas decisiones. Este personaje debe tener una cualidad especial, que es la de disfrutar una posición de poder importante e inhibir sus deseos de protagonismo. Es una herramienta que no se luce, todos los méritos de sus pensamientos y creaciones le son otorgados al poderoso. Desde luego que no es un accionar gratuito. El poderoso tiene sus prerrogativas con el asesor. Equivocarse de asesor le puede costar el puesto al poderoso, por lo tanto en su elección se tiene un cuidado especial. Cuando un asesor falla, el poderoso se encuentra en la encrucijada de no poder echarle públicamente la culpa a nadie, ya que las iniciativas del asesor, abiertamente, fueron anunciadas como emanadas del poderoso, por lo tanto el poderoso debe valerse de otros recursos, de otros fusibles que aminoren los efectos negativos del mal asesoramiento. La salida de un asesor de la estructura del poder es tan silenciosa como su ingreso. Algunos asesores adquieren tal importancia que se convierten en los ideólogos de la estructura del poder. A veces, otros pasan a ser los monjes negros detrás del poder. Son personajes crepusculares muy poco detectados o prácticamente indetectables para la masa de los gobernados. En la Argentina hubo una excepción a esta regla internacional de la media luz de los asesores, y fue López Rega. Él era un asesor, un ideólogo en tiempos de Isabel Perón, y gustaba a su vez de aparecer como protagonista de las acciones de poder. Solamente una enorme presión de los opositores, unido al debilitamiento del poder de Isabel Perón, logró arrancarlo de la estructura del poder poco tiempo antes de la caída del gobierno. La importancia de estos personajes y el apego que tienen los poderosos a alguno de ellos llegan a veces muy lejos.
Los encuestadores con la estadística como herramienta se constituyeron en un factor importante en la toma de decisiones de la estructura del poder. En muchas áreas el antiquísimo olfato del líder sobre las apetencias del pueblo fue reemplazado por fórmulas matemáticas. La estadística fue ganando terreno a partir de los estudios de los mecanismos  de la publicación con relación a captar los gustos y preferencias de las personas con el objeto de imponer un producto. Es un estudio de mercado, y en política esta técnica sirve para -con un margen de error consensuado- generar probabilidades de tendencias con relación a candidatos o para determinar apetencias. En la Argentina imperó siempre el tono intuitivo del líder con respecto a estas cuestiones, pero sobre todo a partir de Duhalde, la estadística pasó a adquirir un valor superlativo. Este dirigente, según algunos biógrafos, suele basar prácticamente la mayoría de sus decisiones en encuestas. Si bien las agencias de encuestadores siempre han estado presentes, es sólo desde hace unas décadas  que tienen un valor de peso en las orientaciones políticas del país. El error que cometen algunos políticos con este instrumento es concederle grados de certeza a los resultados que les presentan los encuestadores en lugar de valorarlos como una mera probabilidad. El caudillo de ley sigue prefiriendo su intuición a la matemática. El manejo de los recursos constituye uno de los elementos esenciales del poder en todas sus formas. Es el tener, es el disponer de lo que se necesita. Aunque el máximo de los recursos le pertenece al poder invisible, el poder visible maneja un quantum suficiente de estos recursos como para hacerse sentir en el área de poder que administra. El recurso es un elemento que satisface una necesidad, en consecuencia, tiene múltiples maneras de manifestarse, dado que las necesidades individuales y sociales son también múltiples. Hay recursos de tipo material, que son los más sentidos y de fácil comprensión, como los relacionados con lo económico, la provisión de alimentos, de resguardo y de protección sanitaria. Y otros que tienen un cariz abstracto, pero una base concreta, como es el tema de la seguridad, que es inasible en sí misma, pero que en lo concreto se expresa a través de hombres, armas, localizaciones, suministros, transportes, etc. Otros recursos son más sutiles aún, como aquellos que cubren necesidades espirituales que, a pesar de la sutileza, en la práctica se constituyen en un poderoso recurso, ya que están emparentados con la fe, y esa fe es administradora por personas y estructuras que influyen en aquellos que son los encargados de otorgar el poder. Aquellos poderosos que no han sabido negociar con los administradores del recurso espiritual, por ejemplo la Iglesia, se han visto limitados en su poder, cuando no eliminados del poder por este factor, que aparentemente es casi virtual. La Rusia comunista, en el auge más acentuado del poder marxista, no pudo doblegar el poder de la Iglesia, que de manera subterránea siguió funcionando y generando resistencia a lo largo de todo ese período; amén de las épocas históricas donde la Iglesia disputaba palmo a palmo el poder de los reyes. Más prosaicamente, la mera administración de los recursos económicos, como se visualizó en el gobierno de Kirchner, constituye un fuerte elemento de presión que doblega los embates de sus opositores.
Los ejecutores del miedo tienen como misión crear fantasmas agoreros para generar un clima de tensión negativo, en sentido de amenaza. Crean la idea de caos o catástrofes centrados en los personajes de la oposición, o bien en países extranjeros, siendo el único salvador de esas futuras catástrofes el gobernante que ellos representan. Es una vieja técnica usada por los que manipulan el poder para fomentar la sumisión en el pueblo y hacer que la única alternativa posible sea continuar con las autoridades vigentes. Las formas de que se valen para generar el miedo son múltiples. La más común es la catástrofe económica. Otros espolean conflictos territoriales y crean hipótesis de guerra con países vecinos. Otros hacen creer una posible invasión de potencias extranjeras. La finalidad es aglutinar las voluntades alrededor del líder y consolidar su poder. Estas personas suelen generar enemigos, o bien sindicar de enemigos a los opositores. Por lo general sobredimensionan la potencialidad negativa de uno de ellos, que eligen como blanco, y cuando agotan esa figura toman otra. También son los encargados de crear las cortinas de humo, es decir, generar conflictos ficticios para distraer la atención sobre la implementación de medidas negativas para el pueblo. En algunos casos pueden llegar a originar situaciones de inseguridad exacerbando los hechos delictivos en la población, incluso hasta eliminando personas para generar un clima de tensión. También ellos son responsables de amenazar a los contrincantes y crearles una sensación de supresión inmediata. Este tipo de agentes a veces suelen formar "grupos especiales" que ejecutan tareas de alto impacto, como colocación de bombas, creación de escuadrones de la muerte y atentados letales, por supuesto dependiendo del tipo de gobierno y situación que esté imperando en el país. En la Argentina hubo un ejemplo claro con el caso de las bandas de la Triple A, en tiempos de Isabel Perón. A veces pueden asociarse directamente con delincuentes o bandas de delincuentes para construir este tipo de clima. El propósito sigue siendo el mismo: desestabilizar y provocar la sensación de que el único salvador es el líder en cuestión. Son los que contribuyen a agitar "nosotros o el caos", y a veces llevan esto hasta las últimas consecuencias.
Los propagandistas, a la inversa de los anteriores, son personajes generalmente insertos en los medios de difusión, que transmiten una imagen bucólica y optimista de la situación del país. Se valen de todo tipo de argumentos y falacias para dar razón y justificar las medidas gubernamentales. Ya sea desde la radio, los diarios o la televisión, pregonan la buena nueva de las acciones del líder. Se valen de todo tipo de instrumento, pagan a todo tipo de personalidad para que a través de sus presentaciones mediáticas avalen las acciones del Gobierno. La propaganda puede ser directa, indirecta o subliminal. La propaganda directa es la que positivamente habla de las bondades de la gestión actual. La propaganda indirecta se realiza a través de acciones y actos de aparente beneficencia sobre ciertos sectores del país. Y la propaganda subliminal ya corresponde a la instrumentación de medios técnicos audiovisuales de avanzada en que el mensaje se transmite por debajo del nivel perceptivo. Los mensajes subliminales pueden estar insertados en publicidades, programas televisivos o en el cine.
Un medio eficaz de propaganda es la facilitación de "hechos cautelares" donde se impulsan las obras cuyas temáticas coinciden con la ideología imperante o se promocionan artistas partidarios del régimen, mientras que los artistas contrarios se los margina y se les quita todo tipo de presupuesto. Los ideólogos son los que dan los núcleos de la doctrina por la cual se guía el líder. Esta doctrina, por lo general, es suprapersonal, va más allá de un individuo para exacerbar valores abstractos que suelen estar relacionados con la patria, el hombre nuevo, la lucha de clases o cualquier otra bandera que aglutine a las personas. Los ideólogos, además, tienen la misión de mantener la vigilancia sobre las personas de la estructura de poder, a fin de que no se dispersen ideológicamente de los núcleos doctrinarios. Por otra parte, forman escuelas donde se transmitan las normas y objetivos básicos de la ideología que quieren implementar. En regímenes extremos, como los experimentados en Rusia, China y Cuba, se crearon los llamados "campos de reeducación" para aquellas personas que no adherían a la doctrina. También son los que proveen los argumentos cuando hay que realizar "una purga" en la estructura de poder, acusando a algunos miembros de ser traidores a la doctrina o "vendidos" a los contrarios.

Además de ser intelectuales, estos ideólogos deben tener otras particularidades, como la de sobreponer los intereses de la doctrina por sobre los individuos, es decir, cierto desprecio por la vida individual y una sobredimensión de la doctrina por encima de los valores humanos. Cuando le preguntaron a Eduardo Firmenich si los dirigentes montoneros habían lamentado la muerte de tantos jóvenes seguidores en la guerra de los años setenta, Firmenich contestó que ellos se guiaban en función de objetivos y no de cuidar la vida individual de sus seguidores, toda revolución tiene su costo en vidas humanas. Un caso dramático de esta sobredimensión del abuso extremo de la ideología se dio en tiempos de la Inquisición y, a menores dosis, se da en todo tipo de gobierno. Otra característica del ideólogo es su intransigencia, su tolerancia cero a todo lo que escape a la ideología. Estos personajes le sirven al líder que, desde luego, es el representante número uno de la ideología. La meta es generar un pensamiento único en la mayor parte de la población. La ideología aglutina el grupo y lo diferencia netamente de los otros grupos y, además, brinda el argumento necesario para realizar acciones violentas bajo la excusa de la pureza de la ideología. Cuando el ideólogo, o uno de los ideólogos, obstruye la evolución del gobierno, es denostado, acusado de traidor o cualquier otro cargo que lo margine estrepitosamente del gobierno. Tal fue el caso de Trotsky en Rusia, sus ideas de continuar con una revolución sangrienta se tornaron inadecuadas una vez que dominaron a la mayoría de los adversarios. Lenin lo marginó; Stalin lo asesinó. Los pragmáticos son los que llevan adelante las medidas concretas de las acciones de gobierno, los responsables de que el pensamiento gubernamental no se desfase demasiado de la realidad. Suelen ser los economistas, abogados y asesores empresarios, que se ocupan de las necesidades inmediatas y mediatas de sus proyectos y de la gente. Estos personajes son vistos como retrógados o tradicionalistas "de derecha" por los ideólogos, con los que tienen un enfrentamiento permanente. Le son de mucha utilidad al líder porque contrabalanceaban a los utópicos y generan un grupo de poder que quita homogeneidad a los ideólogos; por supuesto, el que media en estos conflictos es el líder. Perón, en ese sentido, era un maestro de la pendulación, hacía jugar a varios sectores contrapuestos, siempre alrededor de su liderazgo. Sin los pragmáticos el gobierno entra en el caos o en la nube de abstracciones. Son los que traducen las necesidades inmediatas de la gente y, a su vez, los que administran los medios adecuados para satisfacerlas en la suficiente medida como para evitar un descontento peligroso para la estabilidad del régimen. Muchos de ellos son excelentes fusibles a la hora de justificar los errores del mandatario. Los pragmáticos diseñan los programas económicos y están en estrecho contacto con los sectores de la producción y de los servicios del país. También interactúan con otros pragmáticos de distintos países y son los responsables del comercio exterior. El accionar de los pragmáticos es lo que da solidez objetiva al gobierno, y son los que en realidad obtienen los resultados que luego le sirven de propaganda al líder. En tiempos de su primera presidencia, Perón colocó como Ministro de Economía a un empresario y uno a un técnico de la economía, esto motivó críticas de todo tipo entre los intelectuales de la economía, que lo llamaban "el almacenero", pero Perón defendió contra viento y marea a su pragmático ecónomo. Todo régimen sustentado por una doctrina debe tener sus "Santos y verdugos". Los Santos o mártires sirven para dar una imagen purista. Son el ejemplo por seguir. Generalmente están representados por un muerto, por alguien que ha luchado por el régimen y ha dado su vida por la doctrina. Desde luego que a la memoria del santo se le borran todas sus diabluras para mantener su imagen lo más impoluta posible. Un caso reciente es el del Che Guevara, que ha quedado como la imagen perfecta del hombre que muere por sus ideales. Estos personajes son de mucha utilidad para el régimen, porque significan en sí mismos una bandera concreta para seguir por los demás. Ilusionan a la gente común con la posibilidad de llegar a ser como ellos. El líder hace uso y abuso de la imagen del santo y, propaganda mediante, su imagen se asemeja a la del héroe. Los verdugos tienen una misión distinta a los santos, punitoria. Son visibles algunos, invisibles otros. Los visibles, aquellos que han ejercido un castigo concreto contra los enemigos del régimen, sirven para refrescar la memoria de ese castigo en las personas. La imagen del verdugo es siempre una advertencia de lo que puede pasarles a aquellos que osen contradecir al líder. El verdugo goza de una ostentosa impunidad y marcado favoritismo por parte del líder. Lleva adelante los actos más salvajes sin que la justicia, esta vez de brazo corto, pueda alcanzarlo. Otros verdugos están encargados de un trabajo silencioso, pero no menos efectivo, y son responsables de las misiones de purificación de aquellos individuos del propio régimen que resultan ahora inconvenientes, o de aquellos opositores demasiado recalcitrantes que ya no le sirven al gobierno como ejemplo de lo negativo. Ellos son los que asimismo espían, difaman e incriminan con pruebas falsas a los contrarios. El recaudador tiene como tarea incrementar los fondos del tesoso negro del gobierno. Este tesoro está constituido por porcentajes para otorgar permiso de habilitación de empresas, permitir exportaciones o, directamente participar en la explotación. Esta ilegalidad termina siendo una costumbre, prácticamente, en la mayoría de los gobiernos. Este personaje debe ser alguien especial, del entorno íntimo del líder, y debe responder ciegamente a él. Por su tarea, no es fácil elegirlo. Por lo general es un antiguo "amigo" del líder, o bien alguien extremadamente recomendado por un personaje de peso en la jerarquía del poder. Pasado cierto tiempo de gobierno, a los negociadores sólo les basta decir "vayan a hablar con Pepito", y los empresarios ya saben que es el recaudador. Con el pasar del tiempo y la impunidad, a veces el recaudador muestra un exceso de autoconfianza. Se cuenta que cierto recaudador solía abrir las entrevistas con empresarios muy importantes de la siguiente manera: "No perdamos tiempo, es el 15% y está todo bien". Los empresarios, inútilmente, tratan de reducir el porcentaje, pero el negociador es inflexible, de modo que los emprendedores cargan dentro de su costo la prebenda que pide el recaudador. Kissinger, en sus Memorias, dice que en los países latinoamericanos, para convencer, no se necesitan argumentos políticos, sino saber quién es la persona indicada para entregarle la comisión. El recaudador se va con el gobierno y es muy difícil que sea sancionado por los gobiernos que lo suceden. Tan protegidos están, y tan aceptado está este modo de recaudar. La lealtad es la cualidad máxima de este personaje, seguida de la discreción. El hombre fuerte del terror aparece en cierto tipo de gobierno cuando se necesita implementar medidas odiosas para la mayoría de la población, o bien cuando hay que cambiar la ideología imperante. Este hombre está muñido de una capacidad de acción con una libertad prácticamente ilimitada, y puede disponer de la vida y la libertad de las personas. Todos los regímenes totalitarios han tenido en funciones a este personaje. Al ejercicio directo del terror objetivado por los crímenes o los abusos, se le va sumando a lo largo del tiempo una leyenda negra incrementada por la fantasía de la gente. Esto para nada es contrarrestado por el hombre fuerte, porque contribuye a incrementar el miedo sobre su persona. Al único que responde es al tirano. El tirano lo deja hacer, aunque tiene un control detallado de las acciones de este sujeto y, por lo general, le tiene reservado un final letal. El hombre fuerte presiente esta situación, pero es un ser especial, un psicópata; y el psicópata gusta de este tipo de tareas y tiene un rasgo lúdico que lo hace apostar a que ese final no llegará nunca. A veces se confía, ya que es tanta la información negativa que tiene para perjudicar al líder, que puede creerse invulnerable, pero la historia demuestra que la caída del hombre fuerte precede, en poco, a la caída del tirano de turno. En los regímenes menos autoritarios este personaje tiene un papel más suave, pero no por ello deja de ser una persona siniestra dentro del esquema de poder. López Rega ha sido un ejemplo de este tipo de figura en la historia argentina. El que maneja el dinero suele ocupar un cargo oficial como el de Ministro de Economía, salvo raras excepciones donde el presidente se arroga también este rol. El ministro, por lo general, es un técnico de alto nivel que más o menos se aproxima a la ideología del mandatario, pero es el que "sabe" cómo llevar adelante las cuestiones administrativas del gobierno. Estos hombres responden a escuelas económicas supranacionales, muy relacionados con el "poder invisible" del que hablamos. Siendo así, la dirección de estos administradores está por encima del líder y suelen tomar medidas que hacen que el mandatario se vea en figurillas al momento de justificarlas ante el pueblo, por lo que debe mantenerlo muy controlado para que no se desfase mucho de la política que quiere implementar. En la historia argentina, algunos de estos personajes prácticamente llevaban la voz cantante de lo que se debía hacer en el país, al menos en el área pragmática de la acción de gobierno. Otros fueron personajes insignificantes, porque la tarea fue llevada a cabo por otros responsables de la estructura del poder. Estos técnicos tienen una mirada "fría" sobre la estrategia económica. En realidad son matemáticos que aplican fórmulas a la economía de un país, a veces muy alejadas de las necesidades básicas por cubrir en la población. El manejo de los recursos, en estos casos, pasa directamente por esta estructura paralela de poder, y el destino del mandatario corre la misma suerte que el éxito o el fracaso de las medidas económicas. El obsecuente es un personaje infaltable. Se cuenta que cierta vez Perón le preguntó a Cámpora qué hora era, a lo que Cámpora respondió: "La que usted diga, mi General". Esto resume las características del obsecuente; es aquel que está absolutamente amoldado a las demandas del jefe. No tiene crítica propia ni le interesa cuestionar siquiera una palabra emitida por el mandatario. Es capaz de realizar las tareas más serviles e indignantes que un humano puede llevar a cabo, sin dar por ello muestras de ningún menoscabo de su autoestima. Da la impresión de que su felicidad pasa absolutamente por el cumplimiento de los deseos, cualesquiera sean, del mandamás. Es un sujeto pusilánime a la observación del entorno del jefe. Esta actitud no está movida por el miedo ni por el apego a la doctrina, como en el caso de los fanáticos, sino que está adosada exclusivamente a la persona en sí de "el jefe". Provee grandes dosis de halagos sobre la oreja del jefe y le transmite toda la información y minucias del entorno. Es un ser odiado y temido por el entorno del poder. Su vida está en absoluta funcionalidad a las necesidades del jefe, y sus estados de humor varían con el estado de humor del jefe. Este tipo de personaje está distribuido en todo estamento donde exista poder, desde los establecimientos más jerarquizados hasta las oficinas más modestas. Recuerdo una anécdota personal en la que me topé con uno de estos obsecuentes. En ocasión de ingresar a una asociación, comandada por un caudillo, a quien no me habían presentado aún, se me acercó un colega de la Comisión Directiva que me dijo lo siguiente: "Ahora, cuando te presente al jefe, vos lo mirás a los ojos, le apretás fuerte la mano y le decís 'doctor, le pertenezco'". Creí que era un chiste, pero este hombre me miró muy seriamente y me dijo que esa era la forma que usaba con el señor jefe. desde luego que no seguí sus indicaciones, para intranquilidad de este obsecuente. Los opositores son un ingrediente infaltable e imprescindible en el esquema del poder, dan el contraste necesario a las acciones de gobierno y siempre son funcionales al poder de turno; de no ser así, son eliminados del sistema. Los opositores son la latencia del recambio para que el sistema no se modifique. En consecuencia, los opositores, tolerados de alguna manera, colaboran con la acción de gobierno aunque presenten algunas disidencias para mantener su tono opositor. Cuando el poder imperante es fuerte, los opositores muestran una cara debilitada; cuando el poder está por cesar su mandato o se ha degradado, los opositores adquieren mayor agresividad. En el arco opositor encontramos: los latentes, los resentidos, los críticos, los rebeldes y los revolucionarios. Los latentes son aquellos que están a medio camino entre la adhesión y la crítica al sistema gobernante, es decir, los que tienen satisfechas sus apetencias a medias. En consecuencia, apoyan algunas medidas y critican otras, siempre relacionadas con sus intereses, único motivo de su movilización. Los resentidos son aquellos que han sufrido experiencias negativas como individuos y se muestran siempre molestos y agresivos de palabra, cualesquiera sean las medidas que tome la estructura del poder. Por lo general, nunca se agrupan ni pasan a ser una oposición activa, sino que generan opiniones negativas a su alrededor. Los críticos, muchas veces, están representados por los intelectuales: moderados de izquierda, si la estructura del poder es de derecha, y moderados de derecha, si la estructura de poder es de izquierda. El contenido de la crítica está dirigido a la clase alta y a la clase media. El tenor intelectual de estas críticas los hace inaccesibles a las clases de menores recursos educacionales. Por lo general son columnistas de periódicos y otros medios de difusión, y ahí suele terminar su acción antigubernamental. El crítico hace de la crítica su único aporte a la causa de los opositores.
Los rebeldes son personajes que tienen una acción crítica y activa sobre las acciones de gobierno. Muchos están embanderados en lemas contrarios al sustentado por el poder imperante. A veces sus protestas son recalcitrantes, pero nunca sobrepasan los límites extremos. Los rebeldes son molestos para el poder, pero nunca salen del sistema. Así, de alguna manera, resultan funcionales a la estructura del poder, ya que con su acción antigubernamental suelen servir de excusa al líder para tomar las medidas más odiosas sobre la gente, como incrementar exageradamente las medidas, aumentar los impuestos, amenazar con el estado de sitio, vulnerar los derechos de los ciudadanos. El objetivo del rebelde es cambiar la estructura del poder actual. En la Argentina, los radicales se presentaban como la opción de reemplazo a los peronistas.
Los revolucionarios son los que realizan la oposición por fuera del sistema. Están en un franco choque activo y agresivo contra el sistema general imperante. El objetivo del revolucionario no es reemplazar la estructura imperante, sino cambiar todo el sistema que sirve de referencia a la gobernabilidad. El revolucionario no negocia con el sistema.
En la Argentina, en los años setenta, se generó una alianza revolucionaria compuesta por los Montoneros, las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). Su accionar se intensificó hasta que resultó intolerable para los integrantes del sistema, tanto para la estructura del poder imperante como para los rebeldes, sumado al desplacer del pueblo en general, reacción global que permitió su neutralización. No existe una revolución ni una contrarrevolución sin el acuerdo tácito del pueblo.
De esta manera concluimos esta breve reseña de los personajes que suelen constituir el elenco donde se hace la puesta en escena del poder. Constituyen el contexto que da marco a la figura del líder, que será el tema de los siguientes capítulos. De la elección de estos personajes depende muchas veces el destino de un gobierno; sus errores mancharán la figura del líder, y los aciertos la exaltarán. Así que menuda tarea tiene la intuición del líder al seleccionar a estos personajes. Pasamos ahora a describir los distintos tipos de jefes.

miércoles, 1 de mayo de 2013

El jefe psicópata: Radiografía de un depredador capítulo 1

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Agradecimientos

El escritor suele crear la ilusión de que es el único autor de un libro. Sin embargo, un libro es el resultado del esfuerzo conjunto de muchas personas que, de manera objetiva o involuntaria, han hecho una cadena de aportes para que la obra se creara. Este libro es un ejemplo de ello. No existiría si no me hubiese convocado el editor Leopoldo Kulesz, tras leer un reportaje sobre los psicópatas y el poder que me hizo Laura Di Marco para el diario La Nación el 14 de enero de 2009. Laura me conocía a través de mi página de Internet, www.marietan.com, donde se editaban mis trabajos de investigación sobre psicópatas, abonados por cientos de cartas de personas afectadas por ellos. Esto creó una especie de cadena de múltiples eslabones, entre los que puedo nombrar a Silvia Galgano, Nora Gelso, Patricia Méndez Sequeira, Cynthia Esteban, Fanny Mandelbaum, Esteban Mirol y Graciela Sasbon. Debería mencionar a muchos más y agradecer a todos, porque cada uno contribuyó, a través de su consulta, a que descubriera algunos indicios de la urdimbre que es la mente de un psicópata. También quiero agradecer a los autores de los libros biográficos sobre Sarmiento, Rosas, Perón, López Rega, Massera, Menem y Kirchner, porque en ellos me he apoyado para extraer los rasgos de estos extravagantes. Asimismo, deseo ofrecer mi gratitud a mis amigos y a mis afectos, a quienes privé de mi compañía para elaborar este ensayo. Y Finalmente, a esa parte de mí que insiste en que la sociedad debe conocer que los psicópatas cotidianos existen, que merodean, golosos y voraces, disfrazados de nosotros, y que en ocasiones se muestran como héroes o como villanos, pero siempre preparados, como depredadores que son, para dar su zarpazo.

                                                                                           Buenos Aires, julio de 2010

Breve Curriculum
Hugo Marietan nació en Buenos Aires en 1951. Se recibió de Médico y de Psiquiatra en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Trabajó en los hospitales psiquiátricos Moyano, Esteves y Borda. Como docente dictó por veinte años el curso de Semiología y Clínica de la Psiquiatría en el Hospital Borda, experiencia que plasmó en su libro Semiología psiquiátrica, que ya alcanzó tres ediciones. Desde hace más de quince años se dedica a la investigación de la psicopatía y es el descubridor del vínculo que se establece entre el psicópata cotidiano y la persona que puede convivir con él -el complementario-, hallazgo por el cual es reconocido internacionalmente. Estas investigaciones se resumen en su libro El complementario y su psicópata. También escribió Curso sobre psicopatía, los extravagantes, orientados a psicólogos y psiquiatras. Es miembro de la Asociación Argentina de Psiquiatras, donde se desempeña como director de publicaciones y es responsable del capitulo sobre psicopatías. Además, es coordinador del área de Trastornos de la Personalidad en los congresos internacionales de Interpsiquis (España), en su portalwww.psiquiatria.com. Escribió numerosos artículos sobre la especialidad y dictó conferencias nacionales e internacionales sobre este tema.

                                                      Introducción
Hay un néctar especial que liban aquellos que gozan del poder, tan embriagante que nunca la dosis es suficiente para apaciguar su gula. El poder los enseñorea y los sume en una lejanía sobre los demás, que se acrecienta cuanto más poderoso se es. Desde la cima no se percibe como desde el llano; los amanuenses se encargan del recorrido entre los que ilusionaron del poder al poderoso y el poderoso ilusionado. A tanto llega la influencia de estos intermediarios, que son dueños de la realidad que avizora su amo. El poder, entonces, tiene una cara visible y mil ocultas. Y esto se da en todos los regímenes de gobierno, desde un reino hasta una república, a menos que...el que gobierne sea un psicópata.
    El psicópata invierte la relación: él genera la realidad, y los secuaces la imponen en el llano, no hay opción a una doble vía, por las buenas o por las malas, el orden psicopático se impone. En el caso de una democracia este cambio no es brusco, el político psicópata se vale de todos sus recursos, pero principalmente de dos enérgicos colaboradores: los recursos económicos y la bandera del miedo, agitada constantemente y con los más variados contenidos, pero siempre presente. Exprime a sus contrarios más allá de los límites y es pródigo con los que sustentan la base de su poder. Debilita a sus oponentes y refuerza a sus seguidores.
     El psicópata con poder está en su salsa. Su natural narcisismo le devuelve una y otra vez una imagen embellecida que justifica, en todo, su accionar; no hay resquicio, en su mente, para el error propio. Si algo sale mal, los culpables son los otros, o las circunstancias. Sin error no hay arrepentimiento y sin arrepentimiento no hay corrección del rumbo, sino persistencia. Terquedad, dicen los otros; convicción, dice él. Su obrar psicopático se ajusta a sus códigos propios, distintos de los códigos comunes en muchas ocasiones; estos códigos propios le permiten construir una lógica especial que da marco a sus conductas psicopáticas y lo hace impermeable e intolerante a las críticas. El que lo critica no es un adversario, sino un enemigo.
     La arrogancia, acrecentada por los aciertos y los aduladores profesionales, es un ingrediente permanente en la personalidad del jefe psicópata, fomentada, además, por un artificio psicológico que lo acompaña desde la infancia: la cosificación de los otros. Los otros no son significados como personas, como iguales, sino como objetos, cosas, a ser usadas para lograr sus objetivos. Digamos que la materia prima que utiliza el psicópata para laborar sus propósitos son las personas. Y esta habilidad de manejar a los demás proviene de un largo aprendizaje: el estudio persistente de la persona común.
     Para el niño psicópata, la conducta emocional del niño común es un misterio, en consecuencia, lo estudia. El registro emocional del psicópata es limitado y muy emparentado con lo animal. El amor, por ejemplo, es reemplazado por el entusiasmo y por lo instintivo; la ira permanece inalterable; la piedad le es desconocida. Es así que al observar el amplio registro emocional de un niño común ante la variedad de situaciones, no le queda otra alternativa que copiar, simular estados emocionales, ejercer un "como si" emocional que a lo largo de los años lo convierte en un excelso actor de las emociones, y casi indistinguible del común, y en muchas ocasiones lo supera en expresividad. Gran parte de su seducción, encanto y manipulación proviene del ejercicio de este arte. Aprendió la forma, pero carece del contenido emocional.
     Esta sumatoria de desfasajes lo hace proclive a las desmesuras. Desconcierta con sus ocurrencias fuera del tono normal, y sus secuaces se ven en figurillas para emparchar las extravagancias del jefe.
     El psicópata es fiel a sí mismo hasta la idolatría. La infidelidad hacia los otros es un mero efecto colateral y acorde con sus objetivos. Serle infiel a una mujer, por ejemplo, es una nimiedad, simplemente le está siendo fiel al imperativo de sus instintos, y punto. La mujer queda con una alternativa: lo acepta así o se va.
     Hay un factor importante que deben saber los adversarios de un líder psicópata: no están enfrentados a un igual. Están enfrentados a un ser que hace del poder el único motivo de su vida, que su mente, su voluntad y su tiempo están orientados a ese excluyente objetivo. Que piensa como un militar,con tácticas y estrategias y avances implacables sobre los territorios. Que no le importan los efectos colaterales de su accionar con tal que se cumpla su objetivo. El psicópata no direcciona personas, maneja soldados, con el valor que pueda tener un soldado en batalla: la cosificiación de los seguidores es extrema.
     El líder no psicópata adversario del psicópata, en cambio, es una persona que dirige personas. Que basa su poder en el consenso, en la discusión. Que trata de ganarse voluntades y negocia parte del poder con tal de seducirlas. Es alguien que depende de otros. Además, el ejercicio del poder es una parte de su vida, no toda su vida: múltiples intereses lo distraen. Las decisiones contemplan los costos y las consecuencias que ocasionarán. Como su poder depende de los otros, la imagen y la consideración de los otros son importantes para él. Al no saber que se opone a un psicópata trata de elaborar sus estrategias basadas en un error: la empatía, "si yo estuviese en su lugar...". El psicópata no piensa como él, no es empático. Es un depredador voraz e impiadoso.
     Como se ve, la desventaja del político común frente al psicópata es clara. El psicópata lo sabe; el político común, no. Ambos comulgan la vieja asimetría, la de la gacela y el tigre.

     En este libro describo las características de algunos jefes comunes, de los que siguen sus órdenes, los mandados. También hago una reseña del líder natural, del líder que se manifiesta espontáneamente solidario y altruista ante circunstancias difíciles. Sigue una descripción detallada del jefe psicópata y, más adelante, de los extravagantes, que son los jefes psicópatas que en su accionar psicopático benefician benefician colateralmente a la sociedad y son aceptados, parcialmente, por la comunidad.
     Llevo años investigando a los psicópatas cotidianos, a los que conviven con él, los complementarios; a los efectos del accionar psicopático sobre las otras personas y a los extravagantes. Mis libros anteriores sobre este tema, El complementario y su psicópata y Curso sobre psicopatía. Los extravagantes, son la base sobre la que he asentado la presente investigación.
     Espero contar con un lector que se atreva a lo nuevo, que se despoje de prejuicios e ideologías, que no confunda distinguir con discriminar, y que me acompañe en este apasionante laberinto de desmesuras que conforman la mente del psicópata.

                                                                       CAPÍTULO 1
                                                                   
                                                                     La psicopatía
    El psicópata es una variedad de ser humano. No es un enfermo, como la mayoría de las personas cree, sino que es una manera de ser en el mundo, que presenta necesidades especiales y tiene conductas que tienden a satisfacer esas necesidades especiales sin importarle las consecuencias sobre los demás, cosificando a las personas; estas características lo hacen, por supuesto, atípico, por fuera de lo normal.

Distintas manifestaciones de la psicopatía
     
Más que varios tipos de psicópatas, hay una psicopatía con varias manifestaciones. Estas variaciones dependen del tipo de necesidad especial que tenga el psicópata (de violar, de matar, de poder, etc.), pero los rasgos esenciales se mantienen, ya sea un asocial (asesino, delincuente) o un adaptado social parcial, como lo es el psicópata cotidiano.
     La psicopatía se manifiesta aproximadamente en el 3% de la población. Sobre la base de una población de 40.000.000, serían 1.200.000 psicópatas. Uno de cada 30 individuos. Dentro de los psicópatas, la relación de género es de 3 varones por cada mujer, es decir, sobre esa misma población, serían unas 300.000 mujeres; 1 cada 133 habitantes. Esto implica que son pocos, aunque cuando se manifiestan son estridentes y parecen más, pero es una sensación por contraposición al silencio de manifestaciones extravagantes en la población general. Ocurre que las acciones psicopáticas suelen ser noticia en los medios de información, en cambio, las acciones comunes, no. Lo común no hace historia.

Otras características
    Los psicópatas vivencias una expansión de su libertad interior. Creen que todo es posible, para ellos no existen mayores límites para accionar. La persona común tiene sus diques, sus represiones, sus inhibiciones. El psicópata atraviesa los límites en sus actos psicopáticos.
     Tiene necesidades especiales, como el afán desmedido de poder, la atracción sexual por chicos que todavía no tienen definidos los caracteres sexuales secundarios (pedófilos), el gusto por comer carne humana (caníbales), el ansia de matar (homicidas), entre otras tantas.
     Cosifican, les quitan los atributos de persona a los demás para verlos como cosas, para usarlos y descartarlos como si fuesen cosas.
     Estas tres características: las necesidades especiales, la libertad interior expandida y la cosificación de las personas, los convierten en seres muy especiales. El psicópata no se considera igual al otro, sino un ser superior. Al cosificar al otro, les da un sentido utilitario a las relaciones con las personas, y las acciones psicopáticas sobre ellas no le generan culpa.

Empatía
     El psicópata carece de empatía, es decir, trata de colocarse en el lugar del otro y no puede. Es una incapacidad que tiene, por eso no le importan los efectos negativos que puede tener su accionar sobre el otro. Y, a la inversa, la persona común no puede comprender lo que pasa en la mente de un psicópata. Muchos se desgastan inútilmente en razonar el porqué de las conductas psicopáticas, pero es una lógica tan diferente a la común que no es posible comprenderla.

Psicopatía y egoísmo
    A diferencia del psicópata, el egoísta reconoce límites. Por ejemplo, un narcisista tiene límites y cierta consideración, aunque sea mínima, hacia las personas. Hay que recordar que el gran espejo en que se mira el narcisista son los otros, y aunque los tenga en menos y los mire de soslayo, necesita de la mirada de los otros.
     El psicópata, en cambio, necesita manejar la voluntad del otro. Por eso la "cosificación" es un concepto importante para describir a un psicópata, porque el psicópata no ve una persona con derechos, sino a una cosa, un objeto a ser utilizado para su propio beneficio.
     Tener necesidades especiales y cosificar hace que los psicópatas sean, además, personas activas, de acción, lo que significa que no se puede hablar de un psicópata tranquilo rumiando en su casa su psicopatía, fantaseando. El psicópata es una persona de acción y acciona. Y es por su acción que satisface sus necesidades especiales.

La mentira

     Para el psicópata la mentira es una herramienta de trabajo. Él sabe que está mintiendo y utiliza la mentira para conseguir sus objetivos. Esa mentira tiene una característica: es absolutamente convincente y creíble. El psicópata es alguien que miente mirando a los ojos y con una actitud relajada, es muy persuasivo, miente de manera muy artística.
     Todos mentimos un poquito, pero como la mentira es algo que nos inculcaron como un valor negativo, tenemos una repercusión emocional mínima cuando lo hacemos, y esto se delata en el cuerpo; la mentira en las personas comunes tiene su traducción corporal: algunos se rascan la oreja, otros bajan la vista, otros se sonrojan, los más inhibidos realizan toda una serie de pequeños movimientos, y cuando se conoce a la persona se advierte que hay algo que no está bien.
     En el psicópata la mentira no se detecta, miente artísticamente, usa la mentira con la habilidad de un artesano. Para las personas comunes la mentira es una infracción, para el psicópata es parte de su arsenal; la usa como usaría cualquier otra artimaña para doblegar la voluntad del otro. El psicópata tiene miles de argumentos para sustentar lo que hace, los inventa en el momento y de acuerdo a la persona que quiere manipular, dado que tiene la habilidad de decir lo que la otra persona quiere escuchar, si se ve sorprendido en una actitud psicopática. Y si para cambiar la voluntad del otro necesita llorar, rogar, arrastrarse, gritar o pelear, hará lo que sea necesario para conseguir la restitución del circuito psicopático. Hace lo necesario para que su esclavo no escape.

Insensibilidad

     Hay que pensar que son personas que tienen gran tolerancia a la tensión, al asco, a situaciones de crisis, gusto por el riesgo y también un grado de insensibilidad superlativo, por lo que la medicina forense, por ejemplo, donde se dedican a abrir cadáveres, a comprobar qué tipo de mosca es la que llega primero al cadáver y en función de eso hacer un cálculo de la hora de muerte, a analizar todos los residuos pestilentes que provienen de la muerte, para algunos psicópatas puede ser muy atrayente. Hacer neurocirugía infantil, por ejemplo, donde hay que tomar un instrumento, abrirle la cabeza a un bebé; hacer evisceraciones, formar parte de bomberos, formar parte del personal de seguridad de choque, también para los psicópatas puede ser muy atrayente. Podemos seguir enumerando actividades que en personas comunes provocarían una gran inhibición que redundaría en un mal desempeño, lo que no implica, por supuesto, y esto es muy importante destacarlo, que todas las personas que se dedican a estas actividades sean psicópatas, sólo que un psicópata cotidiano preferiría este tipo de trabajo

No es una enfermedad

     La psicopatía es una forma de ser; se es psicópata, no se está psicópata. Es una variedad de individuo, no va a cambiar nunca, es así. Es una forma de ser en el mundo que aparece en cualquier estrato social y en cualquier condición familiar. El que sufre y es pasible de tratamiento es el complementario del psicópata, que es el que convive o permanece mucho tiempo bajo la influencia del psicópata. El complementario va sufriendo los desgastes propios del sistema psicopático. Mientras el psicópata permanece sereno, tranquilo, sin desgaste, el complementario se agota emocionalmente y produce una serie de cuadros que ya son propios de la psiquiatría: estrés, primero; depresión, después y luego cualquier otra enfermedad somática. El cáncer es frecuente entre los complementarios.
     El psicópata no es un enfermo. Esto es un dato importante, no solamente desde el punto de vista médico, psiquiátrico, sino también legal, porque al no ser un enfermo no entra en las consideraciones del Artículo 34 del Código Penal sobre inimputabilidad; es una persona responsable penalmente y pasible de ser penada por los hechos negativos que realiza para la sociedad. Tiene conciencia absoluta al momento de realizar sus actos, de los ilícitos y de la dimensión de los ilícitos que está cometiendo; conoce las leyes, sabe la diferencia entre el bien y el mal y opta por generar una violación, por ejemplo; o sea, es absolutamente consciente de lo que hace.
     El psicópata cumple también un función social: es "el héroe" en los campos de batalla, es el empresario que se plantea objetivos de riesgo y hace empresas impensables para el común, es el militar de alma que va al choque, es el policía elegido para los grupos comando y se tirotea con los delincuentes -que son psicópatas, pero de otro signo-, juega muy pesado. Llamo extravagantes a estos psicópatas que benefician colateralmente a la sociedad mientras satisfacen sus necesidades especiales, pues recordemos que el psicópata siempre trabaja para sí mismo, es ególatra. Es el caso de un político, por ejemplo, que en su afán de mantener el poder beneficia a un sector de la población, los que pueden votarlo, como un efecto secundario a su objetivo principal: no ceder el poder.

El psicópata cotidiano

     El común de la gente reserva el nombre de psicópata para aquel psicópata estridente, el asesino, el violador, el caníbal. Sin embargo, existe el psicópata cotidiano, el que no es asocial. Es el que deambula entre nosotros, el que parece uno de nosotros, pero tiene su lado oscuro. Obra psicopáticamente sobre grupos reducidos: en los clubes, las barras bravas, en congregaciones religiosas, en los comités, en la oficina... Cuando no puede ejercer el poder sobre estos tipos de organizaciones lo ejerce sobre su familia, que se convierte en una familia disfuncional, donde él es un sol negro que hace girar a todos a su alrededor, provocando una serie de patologías en los miembros.
     Es difícil detectar al psicópata cotidiano, ya que es muy persuasivo; realiza actos psicopáticos y después los "emparcha" con palabras, y como las personas priorizan las palabras a los hechos, se quedan con las palabras que les dice el psicópata y no con los hechos, las evidencias.
     El psicópata no se muestra el ciento por ciento del tiempo como psicópata, es más, sólo lo hace en determinados sitios y con ciertas personas. Con los demás se comporta como un común, de ahí que sea tan difícil detectarlo. Hasta el asesino serial puede mostrar una cara adaptada a la sociedad y una cara oscura. Por que en muchos casos se lo ve como una persona común, y cuando se descubre su lado siniestro suele producir una gran sorpresa entre quienes lo conocían en su faz cotidiana.

¿Los psicópatas nacen así o se hacen?

     Sospecho que los psicópatas nacen así. Pero sí estoy seguro de que no se hacen. La psicopatía no es una cuestión ambiental, se da en todo estrato social, en todo tipo de familias, no tiene nada que ver ni la clase, ni el país, ni el idioma... Incluso los esquimales, que son pocos, hablan del psicópata.
     Es probable que se deba a mutaciones genéticas más que a herencia, pero esto es sólo una presunción, no existen fundamentos científicos aún. De un padre psicópata no nace un hijo psicópata ni después hay un nieto psicópata.
     El psicópata es una persona que siempre será igual, repite una y otra vez las mismas acciones, negativas para la sociedad, porque para él tienen su lógica. Él responde a sus códigos propios, en consecuencia, no siente lo que denominamos culpa por los actos psicopáticos que comete, no le interesan las consecuencias que tengan sobre las personas, repite las mismas acciones. No hay retorno sobre este tema en la psicopatía. Por eso se ha luchado tanto para que exista un registro de violadores reincidentes, porque van a violar una y otra vez.
     Al psicópata lo podemos hallar en todas partes, con mayor o menor estridencia en sus actos o en la valoración social de estos actos, pero siempre provocando sufrimiento cuando sus actos no son socialmente útiles.

Detectar a un psicópata

     Los mafiosos suelen decir: "Al buen mafioso no se lo ve venir". Eso es lo que hace el psicópata. Uno no lo ve venir. Cuando lo vio, ya está lejos o ya realizó el acto. Hay que recordar que la psicopatía se manifiesta en actos. No obstante, el psicópata presenta una serie de características -códigos propios, libertad ampliada, cosificación, etc.- que si las conoce permiten plantear una hipótesis inicial.
     Hay indicios ya en la niñez. El pequeño psicópata no maneja todo el arte que más adelante va a adquirir, pero se puede observar crueldad con las mascotas, conductas agresivas severas con otros chicos, relacionarse con ellos de modo utilitario, ser díscolos al momento de respetar normas o autoridades. El psicópata no tiene amigos, amigos en el sentido de "amigo del alma", puede tener muchos conocidos porque los necesita para ir sacándoles algo, los usa. Son tan persuasivos, tan carismáticos, tan buenos actores, que las personas se quedan alrededor de él creyendo que son amigos. Estos indicios se acentúan en la adolescencia; en la infancia, si bien están presentes, generalmente son tapados por el amor y la tolerancia de los otros: "No, este chiquito tiene mala conducta porque la madre tiene esto", "los padres se separaron", se los cubre, y cuando se quisieron acordar ya es tarde. Por otra parte, estos niños suelen ser muy simpáticos y parecer más maduros que el resto de su generación. Tratan de igual a igual a sus maestras, no les importan las sanciones disciplinarias ni las notas bajas, aunque suelen ser muy inteligentes.

El psicópata y el poder

     Una de las necesidades especiales del psicópata es el poder. El psicópata ama el poder porque con poder consigue lo que requiere para satisfacer sus necesidades. En cualquier ámbito de poder, ya sea la política, la religión, la empresa, en cualquier ámbito donde haya acumulación de recursos y manejo de personas, ahí está él. La necesidad impele a la acción para satisfacerla. Por ejemplo, si la necesidad especial es de poder, más allá de que la satisfacción de cualquier necesidad especial requiera poder, el psicópata hará lo que sea para llegar al poder, usar su capacidad de persuasión, aliarse con el enemigo, dividir para debilitar y todo aquello que le convenga a su afán. El psicópata es muy persuasivo, y a tal punto que una persona común casi no tiene chance de evitar su influjo. Cuando la necesidad especial del psicópata es el poder, va por él "cueste lo cueste y caiga quien caiga", y, como ya se podrá prever, sin escrúpulo alguno. Una vez conseguido el poder, se aferra a él y no dejará, salvo que avizore que una retirada implicará un beneficio que incluya un posterior retorno fortalecido. En términos de poder político, estaríamos frente a un autócrata, alguien que trabaja para sí mismo, de quien dista mucho el político común, que siempre intenta consensuar y trata de lograr y sostener su poder en el consenso. El psicópata construye poder, elabora estrategias para construir ese poder y para conservarlo; tiene una especial habilidad para seducir y para tener un grupo de gente que lo rodee, sus segundones, sus secuaces, que lo refuercen.

Trabajo sucio

     La sociedad recurre al psicópata para que haga lo que se llama el "trabajo sucio", para que solucione la crisis valiéndose de formas que condena, pero como única alternativa para zafar. Así, el psicópata representa, en determinado momento, lo que quiere la sociedad. La sociedad, al principio, lo deja hacer porque considera que es la persona adecuada para resolver la crisis. El problema lo tendrá finalizada la crisis, porque el psicópata una vez encaramado en el poder no lo deja, y es muy difícil sacarlo.

Psicópatas en tiempos de crisis

 Los psicópatas toleran un monto muy alto de tensión, se mantienen imperturbables en momentos críticos, por lo tanto, fácilmente serán buenos dirigentes en momentos de crisis. Son capitanes de tormenta. Entonces, en tiempos de crisis, la propia sociedad los busca. El problema reside en que cuando pasó la crisis y se quiere volver a un Estado democrático, donde haya discusión, tolerancia, intercambio de ideas, el psicópata no quiere dejar el poder. Y una de las herramientas para mantener el poder es generar nuevas crisis, además de recurrir al miedo: "Después de mí, la nada, el caos". El culto hacia su persona, que él mismo fomenta y sus secuaces abonan, forma parte de la estrategia del poder junto con una serie de ritos que se siguen, como recurrir al dar o quitar selectivamente a sus auxiliares, según respondan o no a sus órdenes o deseos y la lealtad que muestren. Son formas de manejo de poder, muy propias de los psicópatas, a diferencia de los líderes comunes. El líder común comparte ideas y comparte recursos. El líder psicópata, no.

Matices

     Hay que diferenciar a los psicópatas de los caudillos. Un caudillo es un líder natural. El caudillo tiene la característica de atraer a los demás como un imán, pero a su vez es una persona justiciera, recta. La gente sabe que el caudillo puede ser duro, pero en su accionar es justo. Esa es la característica que lo diferencia netamente del psicópata. El psicópata es básicamente injusto, y uno se somete a él porque no le queda otra alternativa. Al caudillo se lo sigue con justo, con admiración.

La frustración

     El punto débil, el talón de Aquiles del psicópata es la frustración. Cuando tiene un proyecto y ese proyecto no sale como él lo planificó, tiene lo que se llama una frustración. Y la frustración lo desorganiza, entonces el psicópata pierde una de sus herramientas más eficientes, que es el control sobre sí mismo, y por lo tanto, sobre los demás. Se descontrola, y en su descontrol, al ser empecinado, sigue su objetivo y no le importan las consecuencias de perseguirlo descontroladamente. Cuando se frustran sus objetivos se descompensa, y es ahí donde se lo puede ver como psicópata, tal cual es, ahí realmente es vulnerable porque no se controla a sí mismo, comete errores y muestra su parte oscura. Puede ser muy agresivo, e inclusive puede llegar a hechos de mucha violencia. En esos momentos se muestra otra característica, la defensa aloplástica, él nunca tiene la culpa de nada, si algo sale mal, no es porque a él le falló la perspectiva de la realidad, sino que fue culpa de los otros, porque nadie lo entendió o no llevaron adelante sus premisas tal cual él lo indico. Aunque sus obsecuentes le muestren las evidencias de que siguieron sus indicaciones a rajatabla. No se le puede discutir a un psicópata. El psicópata tiene la razón porque, de acuerdo a su criterio, sabe lo que hace. Tiene a estas personas que lo secundan, y no son personas negadas intelectualmente, al contrario, suelen ser personas muy capaces, pero que siguen al unísono las órdenes de modo vertical. El psicópata no tolera ser contradicho.

Las banderas del político psicópata

     La bandera que todos los políticos psicópatas usaron siempre fue la suprapersonal, más allá de la persona en sí. No dice: "Señores, yo quiero perpetuarme en el poder para mí", lo hace para el país. Esto se ve bastante, también, en líderes religiosos psicópatas, que apelan a la salvación en el más allá. Otras banderas pueden ser la apelación al hombre nuevo, al proyecto nacional, la liberación, la raza superior, la nación, la patria. El psicópata necesita buscar un enemigo que genere temor y le dé la excusa para aglutinar a la gente detrás de su proyecto protector.

El entorno

     Los psicópatas se rodean de lacayos, sus complementarios, que suelen ser muy capaces, la mayoría profesionales que han conseguido un estatus intelectual importante y de pronto se encuentran en manos de psicópatas muy inferiores intelectualmente a ellos pero que los manejan como a siervos. Una vez que han escalado hasta llegar a un determinado nivel, que consideran satisfactorio por el momento, tratan de aferrarse a esa posición. Tratan de formar una estructura que les sirva para sostenerlo. Un líder sin estructura es como un francotirador, sólo dispone de su fusil. Habitualmente el líder común también tiene gente que lo sigue, pero por lo general es permeable a cierta cantidad de sugerencias y acepta ciertas críticas. El líder psicópata simplemente ordena y los demás obedecen, usa el miedo, siempre hay alguna amenaza latente para el grupo, para el país; siempre hay una crisis que está en marcha, o que puede venir, o un enemigo que está por avanzar. El miedo por un lado, y la distribución de los recursos, por otro, hacen que se vaya sustentando cada vez más en el poder.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Por si no lo saben soy zurdo

Por eso no me gusta que me metan a la fuerza su "religión católica" con un "Dios" autoritario y castigador por pensar y actuar distinto a ustedes,  cuando ustedes en realidad se "creen" "Dios"; como si ser zurdo y racional fuese una "maldición";  por eso me metí a  la izquierda democrática civilista. Como si yo careciera de sentimientos y de corazón frío hacia los demás, yo razono y siento a la vez mis emociones, dejen de "rezarme" y "protegerme" con escapularios y decir que soy "desagradecido", "doble personalidad" con mi madre, padre y familia "a pesar" de que ellos me "lo ha dado todo lo material" no me tienen porqué "orar". Me están atando a la muerte como si yo estuviera "poseído" por el "Diablo" como ustedes dicen, déjenme terminar mi carrera de derecho ya que no me la dejaron terminar en la Libre. Porque mis derechos son mis izquierdos; no sus derechos. A mí me interesa es ser como Jesús. 

¿Quiénes nos van a crucificar como a Jesús?

La historia de Jesús demuestra que ese sí fue un comunicador social utópico para difundir el amor entre hermanos humanos que no le importaba si en esa época la gente era pobre, rica, negro, blanco, niño, niña, jóven, adultos, adultos mayores, sexo, drogadictos, alcohólicos, más de 2000 años de antigüedad ¿quiénes mataron a Jesús? los mismos que hoy en día se las dan de "creyentes"; y no lo mataron los fariseos como dice la amañada y tergiversada versión de la manera sofista de contar una historia: lo mataron los saduceos que dicen venían de la antigua Hispania hoy España. Por eso le aplicaron la "Santa Inquisición".